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26 enero 2010 2 26 /01 /enero /2010 20:26

 

Estamos en tiempos de grandes cambios, en todos los aspectos de nuestra vida, especialmente en la comunicación visual. Algunas ideas que parecían indiscutibles, para quienes las conocimos y compartimos, hoy están sometidas a una avalancha de nuevos descubrimientos que las confirman en unos sentidos, pero en otros no. Quizá esperábamos erróneamente que alguien, hace unos siglos o milenios, pudiese adivinar detalladamente lo que ahora nos sucede, dándonos generosos consejos, por siempre, sobre qué hacer a cada paso. Para donde patear la pelota. Librándonos de nuestra responsabilidad de tomar la posta de construir caminos para los demás, no sólo de caminar. No partimos de cero: sabemos que, grosso modo, hay unas cosas que están bien y otras mal, que hay belleza y fealdad. Hay obras de gran arte y estafas. Hay democracias y dictaduras. Hay comedias y tragedias. Hay hambre y hay derroche. No es difícil reconocer tan graves extremos.

 Pero tenemos que hilar un poco más fino.

Hoy nos ahogan abrumadoras cantidades de novedades. Muchas veces aprendemos algo, que al día siguiente ya no nos sirve. Quisiéramos ponernos al día, flotar y navegar en ese mar de datos y sensaciones, dominando nuestro rumbo, al menos con algún criterio que nos permita reconocer en qué confiar. Y, si es posible, sacar de ello algunas conclusiones vitales. Pero las informaciones son tantas, y además son tan cambiantes, que un sutil pánico nos invade y nos hace dudar sobre: ¿Dónde hurgar para lograr algo que nos guíe con firmeza en nuestro más íntimo pensar y sentir? Que nos ayude a que nos salga del alma lo que queremos decir. Aquello que quizá lograremos expresar mejor o peor mediante nuestros dichos y nuestras obras. Inclusive, a veces dudamos si tiene sentido aprender, o al menos tener noticia de cómo conocemos, dragoneando cierto nihilismo difuso: ¿Qué me van a venir a decir a mí cómo veo? Veo como veo. Y listo.

Hay, sin embargo, algo muy firme y estable, que se mantiene y se mantendrá siempre. Nada de lo que estudiemos sobre ello se perderá a la vuelta de la esquina. Cambiarán las culturas, cambiarán las teorías, cambiarán las corrientes de pensamiento, cambiarán los estilos, cambiarán las modas, pero hay algo que  no cambiará en lo sustancial, a lo que podemos aferrarnos con cierta confianza:

Se diga lo que se diga, somos seres humanos.

Y en algunas cosas somos y seremos, a grandes pincelas, muy iguales. Desde luego que aún no conocemos todos los aspectos y niveles de lo humano. Pero hoy hay una explosión de descubrimientos, sobre el cómo somos, que nos permite empezar a asegurar algunas cosas. Sobretodo, desde hace unos pocos decenios, se está aclarando cómo aclaramos nuestro conocimiento. Empiezan a surgir datos firmes que nos permiten conocer cómo conocemos. No de modo completo, eso sería una entelequia inalcanzable, pero sí aparecen pistas sorprendentes. Pistas que nos enseñan mucho y prometen futuros firmes frutos.

Tengamos el modo de apreciar la estética que tengamos, pensemos lo que pensemos sobre la obra de arte o de artesanía, oigamos a este o a aquel autor que opina sobre arte, o, aún mejor, sigamos a éste o aquel creador y obrero de la belleza, nos guste o no nos guste, todo lo que podamos hacer para apreciar y para crear una obra visual pasará, en algún momento, por nuestras pupilas. No se suele apreciar la esencia un cuadro al óleo oyéndolo. No es común apreciar la esencia de una obra musical  mirándola. No es normal apreciar una obra culinaria escuchándola. Si queremos saber cómo es cocinada la información antes que lleguemos a gustar, o no, de ella, debemos investigar cómo es esa cocina. Y este campo, el de cómo percibimos las obras, está resultando muy sabroso. Una selva natural llena de hermosos frutos. Se están extrayendo inferencias firmes de cómo apreciamos, cómo es que llegamos a sentir el valor de la obra humana.

Imposible hacer aquí un resumen del estado de la situación actual del cómo conocemos, sólo mencionaré un tema.

Por lo que hoy se sabe, habría algunos millares de capacidades visuales distintas para el color, la forma, la textura, la cesía, el contraste, el volumen, la nitidez, la quietud, y la lista sigue. De esos miles, un par de cientos serían las más importantes. De esos cientos, algunas decenas ya están muy bien estudiadas, y de algunas pocas hay mares de documentaciones y confirmaciones. Las capacidades visuales vinculadas a la pupila, aunque no son las más estudiadas, ni las más sorprendentes, ya presentan una masa de conocimientos firmes sobre ellas.

…………….

Nuestro cuerpo tiene una superficie que, en general, se resiste fuertemente al paso de las cadenas causales que le llegan desde su exterior. La piel nos protege. Ello nos permite mantener cierto grado de autonomía propia. Nos aísla, pero también nos conecta. Sentimos nuestro exterior de muchas maneras. Hay pasos de frontera. Si no los hubiese, no podríamos saber bien qué pasa afuera nuestro. No podríamos informarnos y comunicarnos. No podríamos vivir en el mundo que nos ha tocado.

Nuestro cerebro está aún más blindado. No admite nada del exterior si no es por sutiles caminos, muy bien controlados.  Uno de esos caminos de ingreso de cadenas causales útiles para conocer, es el sistema visual. Una parte del sistema visual, es el ojo. Una parte del ojo está dedicada al control del ingreso de la luz. Una parte de ese portón de acceso, es la pupila.

Cualquiera sabe que las murallas no dejan pasar jinetes. Sólo pasan por los portones. Esto, así nomás, ya es una fuerte selección de lo que nos llega del exterior. Si viene muy buena información cabalgando en luz, pero llega a la nuca, no la vemos. No tenemos ojos en la nuca. Tiene que llegar a las pupilas o no nos enteraremos de que existe. Sólo dos lugarcitos transparentes del cuerpo dan paso a la luz para que sea sentida detalladamente. Apenas son una millonésima del total de nuestra piel. Las pupilas son muy importantes, pero muy chiquitas. Y no están en cualquier lado. Con solo mirar ya estamos clasificando el mundo en dos: a nuestro frente lo visible y a nuestras espaldas lo no-visible.

Pero tales portones abiertos tampoco dejan pasa cualquier cosa. Sólo pasa luz.

Ella debe atravesar varias capas de líquido lacrimal, la córnea, el humor acuoso, debe pasar por la admisión que le abre el iris (a la cual llamamos pupila), atravesar el lente cristalino, ser canalizada por el vítreo y así llegar a la retina. Todo ese conjunto de órganos no está allí por nada, cada cual hace su trabajo. Así, los ultravioletas son eliminados al toque por cristalino, y los infrarrojos en sucesivas etapas. Sólo pasa luz desde el violeta hasta el rojo de borde.  Ni qué hablar de electrones, átomos, moléculas y granos de polvo, que son detenidos en los primeros controles, barridos por los párpados y enjuagados por las lágrimas.

Todo lo que miramos pasó por la pupila. No hay otro camino posible. Ella selecciona información en la mismísima entrada. Sólo por ser el hueco regulado por el iris, ya hace su trabajo. No sólo las neuronas procesan información. Como la cadena causal implica movimiento relativo, por sólo pasar por la pupila, la luz es procesada. La forma fisiológica en que están organizados los órganos produce sus efectos en la percepción.  Toda vez que miramos estamos admitiendo más o menos, unas luces sí y otras no. De varios modos:

Movemos los ojos y sólo dejamos entrar lo que viene de ese lado. Nunca todo a la vez. Por solo tener pupilas móviles estamos seleccionando partes del campo de información.  Por ella pasan algunos jinetes y no otros, y sólo pasan lo que el portero quiere. Algunos traen tanto impulso, como los rayos gamma, o los rayos X, que entran pero siguen de largo, sin quizá sensibilizar la retina. Pasan sin dejar mensaje alguno.

Para donde tu pupila apuntes, puede ser que veas o puede ser que no veas, pero para donde no la apuntes, seguro que no verás. Y no se puede apuntar la pupila para cualquier lado, hay imposibles orgánicos. Podemos ver borrosamente todo lo que tengamos delante, pero no hay modo de mirar con total nitidez sino es a un pequeñísimo lugar por vez. Hay óptimos de captación. Hay campos de inspección cómoda, hay campos de inspección incómoda, y hay campos imposibles de mirar. Si pones  tu cuadro en el techo, competirás con la Capilla Sixtina. Pero, si lo más interesante lo pones 5º debajo del horizonte, la gente lo verá con toda comodidad. Aún será bien visto si lo colocas 15º para arriba, o 25º para abajo. Si quieres molestar al público, no te quejes si no se molestan en ver tu obra. Esos números no salen de la nada, surgen porque los humanos somos de carne y hueso en un mundo de agua y tierra.

La pupila y todo el ojo filtran qué pasa y qué no pasa. La pupila es un paso obligado. Más que filtrar, conforma, en parte, lo que por ella pasa, pues demás de admitir sólo algunos jinetes, les saca y les agrega cargas. La pupila es regulada por pequeños musculitos, en el esfínter que es el iris, y los dilatadores que la rodean, contrayéndose cuando le llegan muchos fotones y dilatándose cuando le llegan pocos. Aclara lo oscuro, oscurece lo claro. Automáticamente está controlando la luz admitida, podando lo demasiado luminoso y favoreciendo lo demasiado oscuro. Le proporciona al cerebro cierta continuidad, cierta homogeneidad, cierta constancia de iluminación que no está en la realidad. La realidad tiene variaciones de iluminación mucho más drásticas que las que vemos. La pupila, muy rápidamente puede achicar su diámetro de 9 a 1 mm., y su superficie 16 veces. Los adolescentes tienen más grandes sus pupilas que los adultos y que los bebés. Las pupilas adolescentes quieren más. Hay otros sistemas complementarios de regulación de la iluminación que son millones de veces más poderosos, pero también más lentos. La pupila actúa como grupo de choque, pues se adapta en sólo 0,21 segundos, mucho antes que los sistemas neuronales de adaptación más poderosos, capaces de adaptarse millones de veces pero demorando muchos minutos. La pupila y todo su sistema, que incluye al iris, nos protege de la demasiada luminosidad, que podría dañar irreparablemente la retina, o de la demasiada poca, que no le permitiría percibir. Regula el flujo de luz para que sea más tratable por la retina, para que sea más cercano al óptimo, de modo de sentir más y mejor la información que cabalgando en luz viene.

Ese óptimo para sentir significa algo muy importante. Significa que el sistema que regula el iris, y con él, a la pupila, tiene su criterio propio de selección de cuál es la luminosidad que orgánicamente nos conviene. El circuito neuronal que regula el diámetro del iris no es conciente. Está en el sistema nervioso autónomo. No achicamos o agrandamos la pupila voluntariamente. Pero ese circuito neuronal no sólo sabe qué hacer, sino que lo hace con gran precisión sin consultar a nadie. Ni la memoria, ni los estados emocionales, ni la voluntad interfieren. El portero hace su trabajo sin llamar al administrador del edificio. Y deja pasar al que le parece bien y cómo le parece bien. Pero no antojadizamente, tiene severísimas instrucciones que le han dado el aprendizaje y, sobretodo, los milenios de experiencias. Está muy alerta en su puesto, pronto a abrir o entornar el portón al menor atisbo de peligro o inconveniencia.

Observemos que la acomodación a la intensidad luminosa hecha por el iris, cambiando el tamaño de la pupila, es general para toda la escena. Otros sistemas de acomodación en la retina logran acomodarse un poco distinto según diferentes partes del campo visual, pero este no. Se acomoda sobretodo según los valles de luminancia y secundariamente según sus crestas más brillantes. Esto significa que al ver “La lección de anatomía del Dr. Tulp” de Rembrandt, nuestros ojos se acomodan sobretodo a las áreas oscuras el cuadro. La pupila se dilata y ello hace más luminosas y llamativas las caras y los detalles más claramente pintados. Con lo cual queda señalizado un itinerario visual orgánico para nuestra contemplación. Lleva la mirada adonde ve mejor.

Nuestras pupilas son redondas. Estamos tan acostumbrados a ello que nos parece banal. Pero no lo es, también condiciona nuestra manera de ver. Muchos animales nocturnos la tienen lineal, como los gatos. El problema es que si la separación entre dos bordes opuestos de la pupila es muy poca, se produce interferencia en la luz que entra. La pupila lineal deja pasar más luz con el mismo ancho, es más eficiente y más rápida. Como consecuencia, no conviene iluminar pobremente ni irregularmente los cuadros de una exposición. No somos gatos para ver en la oscuridad. Ni pintarlos parejamente demasiado oscuros. Valentín, el primer pintor de Carmelo, pintaba cuadros muy luminosos, usando sólo pinceladas verticales, pero un día, hace casi un siglo, decidió pintar cuadros muy oscuros, profundos, impenetrables. Nadie más pudo apreciar su nuevo estilo. Tampoco tenemos agujeritos debajo de los ojos para ver los infrarrojos en plena noche, como tienen algunas serpientes. No vemos cuadros iluminados sólo con infrarrojos.

Hay iris de diversos colores, pero de pupilas no hay diversidad de colores. Las pupilas humanas siempre son negras. Al mirar una pupila ajena lo hacemos mediante nuestras propias pupilas, y entonces se forma una pequeña paradoja: todos los colores que podemos ver son los mismos que ella absorbe, pues los necesita para ver. No quiere darnos ni uno. La pupila ama todos los colores…humanos. Se los queda todos. Las abejas son capaces de ver algunos ultravioletas que nosotros no podemos ver. Como nuestro cristalino refleja los ultravioletas, para ellas nuestras pupilas son de color ultravioleta. Un color que nosotros ni siquiera podemos imaginar.  En verdad, cuando miramos la pupila del vecino, a través de sus medios transparentes vemos que está a oscuras el interior de su ojo. Si iluminamos con un flash el ojo, la pupila aparecerá con el color de la retina, ese rojo que nos estropea las fotos.

La forma, tamaño, color, lugar y movimientos de la pupila traen muchas consecuencias en nuestra visión del mundo. Y en nuestra apreciación de las obras de arte.

El iris, y el hueco que deja, la pupila, está moviéndose siempre: -1- Cambia de dirección. Movemos el eje de la mirada (que pasa por la pupila y la fovéola) hacia donde miramos, hacia lo que ponemos en la mira. Es claro que si nuestra obra no queda al alcance de la pupila, no hay modo de verla, y menos de apreciarla, gozarla o sufrirla. Y de aquí surgen muchas sugerencias para que la obra de arte se vea mejor, que en otro momento podremos estudiar mejor.  -2- Cambia su grado de admisión. Abre, cierra o entorna el portón. Determina cuánto regulamos la entrada de luz, cómo adaptamos el tamaño de la pupila al flujo de luz que nos llega. De aquí también salen muchas otras sugerencias. -3- Vibra constantemente, listo a cerrarse o abrirse rápidamente. Esto sucede  aún cuando la luz es constante. Esa inquietud pupilar fisiológica es normal y es resultado de un equilibrio muy inestable, siempre pronto a dar saltos rápidos. Su reposo es una agitada latencia, pronta a emerger. Con el cansancio las pupilas se achican y oscilan más. Las bellas pupilas, que nos parecen tan estables, en verdad están en una actividad frenética de aprestamiento para saltar cuando sea necesario, según criterios no concientes del sistema autónomo.

Las pupilas no sólo se contraen por el exceso de luz, también se contraen con la proximidad de lo que miramos, pues así se mejora la definición de la imagen. Al achicar su diámetro hace que la luz pase por la parte central y menos curva del cristalino, con lo cual mejora el “enfoque”. La juventud y excitación dilata las pupilas, la vejez y el aburrimiento las contrae. Se ha comprobado que una enorme cantidad de fármacos afectan diferente al tamaño de la pupila y a sus mecanismos de acción, al grado de que el iris denuncia lo que se ha ingerido. La pupila de un ciego de un ojo, no puede reaccionar a la luz que le llega, pero sus cambios de diámetro siguen a los del ojo sano.

Nuestras particularidades visuales relacionadas con la pupila y el iris son muchas más. El trabajo de la pupila y de lo que le rodea está imbricado con el trabajo de otros componentes del ojo y del cuerpo todo. Es sumamente conveniente ver cómo hacemos para ver.

            Algunas de las características del sistema visual son sorprendentemente reveladoras de la condición humana. Nos dicen cómo los humanos hacemos para contemplar la naturaleza y las obras de los humanos. Incluso las propias.

 

Bibliografía (muy abreviada)

Adler, William Hart (y varios autores), «Fisiología del Ojo», Madrid, Mosby / Doyma Libros, 1994.

Bardier, Dardo, “De la Visión al Conocimiento”, Montevideo, 2001.

Fiálkov, Yu. , “La Luz de lo Invisible”, Moscú, MIR, 1987.

Kandel, Schwartz, Jessell, “Neurociencia y Conducta”, Madrid, Prentice may, 2000.

Neuman, Eric A. y otro, “La “visión” infrarroja de las serpientes”, Investigación y Ciencia Nº  68, 1982.

Rock, Irving,  “La Percepción”, Barcelona, Labor, 1985.

Vavilov, S., “El Ojo y el Sol”, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1963.

Wolfe, Jeremy M, “Procesos Visuales Ocultos”, Investigación y Ciencia Nº 79,1983.

 

(Escrito en diciembre 2009, para la revista de arte "La Pupila", con el título "LA PUPILA HACE SU TRABAJO")

Dardo Bardier

dbardier@adinet.com.uy

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Published by Dardo Bardier
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